San Isaac de Constantinopla

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Durante la persecución del emperador arriano Valente, un ermitaño llamado Isaac se sintió movido por Dios a abandonar la soledad para ir a reprender al emperador. Así pues, se trasladó a Constantinopla y advirtió varias veces a Valente que, si no interrumpía la persecución y devolvía a los cristianos las iglesias que había dado a los herejes, le aguardaba una gran catástrofe y un fin atroz. Valente se burló de las predicciones del ermitaño. En una ocasión en que Isaac cogió la brida del corcel en que el emperador cabalgaba por las afueras de la ciudad, Valente ordenó a sus hombres que arrojasen al profeta en un pantano. Isaac escapó milagrosamente, pero como volviese a repetir su profecía, fue encarcelado. La profecía se cumplió poco después, ya que Valente fue derrotado y murió en la batalla de Andrinópolis. Teodosio, el sucesor de Valente, devolvió la libertad a San Isaac, a quien profesó siempre gran veneración. El siervo de Dios se retiró de nuevo a la soledad, donde pronto fueron a reunírsele varios discípulos. Como se negasen a abandonarle, a pesar de sus instancias, San Isaac fundó para ellos un monasterio, que fue, según se dice, el primero que hubo en Constantinopla. Dicho monasterio tomó después el nombre de San Dálmato, discípulo y sucesor de San Isaac. Nuestro santo asistió al primer Concilio de Constantinopla, que fue el segundo de los Concilios ecuménicos. Murió a edad muy avanzada