Santa Pelagia la Penitente

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Pelagia, a causa de las magníficas perlas por las que se había vendido con frecuencia, era una actriz de Antioquía célebre por su riqueza y su vida borrascosa. Cuando el patriarca de Antioquía reunió a un sínodo de obispos los reunió ante el pórtico de la basílica de San Julían Mártir, donde predicaba el honorable obispo de Edesa, San Nono. En aquel momento pasó por ahí Pelagia, cabalgando en un caballo blanco, rodeado de admiradores, con los brazos y hombros desnudos, como cualquier vulgar cortesana, y lanzando a todos miradas provocativas. San Nono interrumpió su discurso y, en tanto que los otros obispos bajaban lo ojos, se quedó mirando a Pelagia hasta que ésta desapareció. En seguida pregunto el santo a los obispos: “¿No os parece muy bella esa mujer?” Los obispos sin saber qué contestar, se quedaron callados. El Santo continúo “A mí me pareció muy bella, y creo que es una lección de Dios para nosotros. Esa mujer hace lo imposible por mantener su hermosura y perfeccionarse en la danza, y nosotros no hacemos ni siquiera la mitad de lo que ella por nuestras diócesis y por nuestras almas.” Esa misma noche, San Nono tuvo un sueño en el que vio celebrando la liturgia, en tanto que un pajarraco sucio y agresivo trataba de impedírselo. Cuando el diácono despidió a los catecúmenos, el pajarraco partió con ellos, pero a poco volvió y San Nono consiguió entonces apoderarse de él y arrojarlos en la fuente del atrio. El ave salió del agua blanca como la nieve y desapareció entre las nubes. Al día siguiente, que era domingo, todos los obispos que asistieron a la Divina Liturgia celebrada por el patriarca, pidieron a éste que predicase. Pelagia, que no era ni siquiera catecúmena, se había sentido movida a ir a la iglesia, y las palabras del santo penetraron hasta el fondo de su corazón. Poco después, Pelagia escribió una carta a San Nono, rogándole que le permitiese hablar con él. El santo aceptó, a condición de que los otros obispos asistiesen a la entrevista. En cuanto a Pelagia llegó a donde estaba San Nono, se arrojó a sus pies, le pidió el bautismo y le rogó que se interpusiese entre ella y sus pecados para que el mal espíritu no se posesionase nuevamente de su alma. A instancias de Pelagia, el patriarca de Antioquía nombró madrina a Romana, la más anciana de las diaconisas y San Nono bautizó a la pecadora, la confirmó y le dio la primera comunión. Ocho días después de su bautismo, Pelagia, que había renunciado ya a todos sus bienes a favor de los pobres, se despojó de la túnica blanca de los bautizados, se vistió de hombre y desapareció de la ciudad. En Jerusalén, a donde se trasladó secretamente, se retiró a vivir en la soledad de una cueva en el Monte de los Olivos. Las gentes empezaron pronto a llamarla “Pelagio, el monje imberbe.” Tres o cuatro años más tarde, fue a visitarla Jacobo, el diácono de San Nono. La antigua pecadora murió durante la estancia de Jacobo en Jerusalén. Cuando fueron a sepultar el cadáver descubrieron el sexo de Pelagia, exclamaron al unísono: “Gloria a ti, Señor Jesucristo, porque tienes en la tierra muchos tesoros escondidos.”