El profeta Joel

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Joel es el primer profeta que dejó anotaciones de sus prédicas. Él profetizaba en Judá, durante los reinados de Joás y Amasías unos 800 años antes de Cristo. Joel se llamó a sí mismo hijo de Petuel. Aquellos eran años de bastante tranquilidad y bienestar. Jerusalén, el Sión, el Templo y los servicios religiosos estaban permanentemente en boca del profeta. Pero en los desastres que sufrió Judá (una sequía y sobre todo un terrible ataque de langostas) el profeta vio el comienzo del juicio de Dios al pueblo judío y a toda su gente. El vicio principal que atacó el profeta fue el cumplimiento mecánico y sin sentimientos genuinos de las ceremonias de la ley. En aquel tiempo, el piadoso rey Joás trató de reimplantar la religión en Judá pero logró solamente un éxito superficial. El profeta vio en el futuro un aumento de las supersticiones paganas y el subsiguiente castigo Divino, y llamó a los hebreos a un sincero arrepentimiento diciendo: “Por eso pues, ahora, dice el Señor, convertíos a Mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo” (Jl. 2:12-13). A menudo en una misma visión profética de Joel se aúnan acontecimientos de distintos siglos pero cercanos en el plano religioso. Así, por ejemplo el juicio Divino sobre el pueblo judío en su visión se junta con el juicio universal correspondiente al fin del mundo: “Despiértense las naciones, y suban al valle de Josafat; porque allí me sentaré para juzgar a las naciones de alrededor. Echad la hoz, porque la mies está ya madura. Venid, descended, porque el lagar está lleno, rebosan las cubas; porque mucha es la maldad de ellos. Muchos pueblos en el valle de la decisión, porque cercano está el día del Señor en el valle de la decisión. El sol y la luna se oscurecerán, y las estrellas retraerán su resplandor. Y el Señor rugirá desde Sión, y dará su voz desde Jerusalén, y temblarán los cielos y la tierra; pero el Señor será la esperanza de su pueblo, y la fortaleza de los hijos de Israel. Y conoceréis que yo soy el Señor vuestro Dios, que habito en Sión, mi santo monte; y Jerusalén será santa, y extraños no pasarán más por ella. Sucederá en aquel tiempo, que los montes destilarán mosto, y los collados fluirán leche, y por todos los arroyos de Judá correrán aguas; y saldrá una fuente de la casa del Señor, y regará el valle de Sitim” (Jl. 3:12-18). Pero antes del juicio final deberá producirse el descenso del Espíritu Santo y la renovación espiritual del pueblo de Dios: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso del Señor. Y todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo; porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho el Señor, y entre el remanente al cual Él habrá llamado” (Jl. 2:28-32). El Apóstol Pedro recordó esta profecía en el día del descenso del Espíritu Santo, durante la festividad de Pentecostés. El profeta Joel hablaba sobre los siguientes temas: el ataque de las langostas (1:2-20), el acercamiento del día del Señor (2:1-11), el llamado al arrepentimiento (2:12-17), la misericordia Divina (2:18-27), la renovación espiritual (2:28-32), la predicación del juicio sobre todos los pueblos (3:1-17) y la bendición Divina por venir (3:18-21).