Santiago, Hermano del Señor.

FacebookTwitterShare

Es necesario antes de hablar de Santiago, Hermano del Señor, distinguirlo del apóstol Santiago, hijo de Alfeo, uno de los Doce, cuya memoria la Iglesia celebra el día 9 de octubre. Santiago, del que hablamos, es el mencionado en (Mt. 13, 15) y en (Mc.6, 3) como uno de los cuatro hermanos del Señor. Los otros tres son: José, Simón y Judas. Respeto a la relación de estos “hermanos” con el Señor Jesucristo, desde el principio hubo varias explicaciones, las más relevantes son las dos siguientes: o que eran hijos de una prima de María; o, lo más probable, que eran hijos de José de un matrimonio anterior, o sea, José era viudo cuando se comprometió con María. Y en los dos casos, según el costumbre de aquellos días, era común llamarlos “hermanos”, lo que se puede verificar en varios pasajes del Antiguo Testamento. Parece que ninguno de los “hermanos” creyó en Jesús al principio, como lo menciona claramente San Juan el Evangelista (7, 1-5). ¿Qué es lo que transformó a Santiago para que se presentase en su Carta como el “siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (según la carta atribuida a él. St. 1,1)?, no lo sabemos claramente; pero el apóstol san Pablo menciona en su primera carta a los Corintios que Jesús se manifestó a Santiago después de la Resurrección (1Cor.15, 7). De los textos bíblicos, sabemos que Santiago era uno de los representantes más sobresalientes de la Iglesia de Jerusalén. San Pablo en su carta a los Gálatas (1, 19; 2, 9) lo menciona entre las tres “columnas” de la Iglesia en esta ciudad. También en Hechos de los Apóstoles cuando éstos con los ancianos se reunieron para decidir si los convertidos de los gentiles debían aceptar la circuncisión o no, Santiago habló como la cabeza de la comunidad en Jerusalén, y pronunció el juicio del “concilio”. Se atribuye a Santiago la primera de las siete cartas pastorales (por no ser dirigidas a una ciudad o persona determinada), que forman parte del Nuevo Testamento. Según los exegetas la carta de Santiago fue escrita entre los años 50 y 60 D.C. La Carta contiene una colección de enseñanzas e instrucciones sobre la conducta cristiana y la vida pastoral: la paciencia en las tribulaciones, la fe que obra en el amor, el control de la lengua, el peligro del dinero, entre otras cosas. Eso es lo que nos lo comunica el Nuevo Testamento sobre Santiago. Pero también la Tradición menciona otras cosas sobre él. Entre ellas, que Santiago se le llamaba, en su vida, el Justo; que desde su niñez había sido separado para Dios; nunca comía mantequilla, ni probaba vino, y que su cabello “no conoció tijeras” (en señal de su separación para Dios); que permaneció casto toda su vida; sus rodillas se endurecieron como si fueran de piedra por las abundantes postraciones de su oración. Los Apóstoles lo eligieron unánimemente como el primer obispo de Jerusalén, y así fue durante 30 años, durante los cuales atrajo a muchos, judíos y gentiles, hacia la fe en Jesucristo. Una vez, él estaba predicando desde la azotea de una casa, o del mismo Templo, y decía: “el Hijo del hombre está a la diestra del Altísimo, y vendrá sobre las nubes a juzgar al mundo con su bondad.” Mientras el pueblo alababa: ¡Hosanna el Hijo de David!, los fariseos y los fanáticos de los judíos empujaron hacia abajo al Justo, y luego lo apedrearon; uno de ellos le pegó con un palo en la cabeza con lo que se colmó el martirio del Justo, y se le abrieron las puertas de la vida. Su virtud, conocida por todos, hizo que la mayoría de los judíos atribuyesen el eminente cercamiento y la destrucción de Jerusalén el año 70 D.C. al asesinato del Justo Santiago. ¡Apóstol, obispo, Mártir y hermano del Señor! Que su intercesión sea con nosotros. Amén. Como discípulo del Señor, has asimilado el Evangelio, oh justo Santiago; Como mártir, irrechazable es tu petición; como hermano del Señor tienes confianza ante Él; y como obispo, intercesión. ¡Suplícale a Cristo Dios que salve nuestras almas!