12ª Domingo de Mateo

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Nos relata hoy, el evangelista Mateo, el diálogo entre Cristo y un jovencito. De este diálogo nos informamos qué es lo que le pide Cristo al ser humano de todas las…

…épocas. Cristo, pues, no pide sólo el cumplimiento de los mandamientos básicos, requiere el desapego completo del ser humano de todo aquello que lo mantiene pegado al suelo y su entrega total a Dios. Los bienes materiales fueron creados por Dios al servicio del ser humano y para gloria del Creador. En consecuencia la posición del cristianismo frente a ellos, es positiva. No obstante, esta posición no acarrea una posición favorable a la riqueza, que está ligada generalmente con la injusticia y la avaricia. En la Biblia y particularmente en el Nuevo Testamento, la clasificación en ricos y pobres aparece sobre una base no tanto económica o de estatus social, sino más bien según su posición frente a Dios y Su voluntad. Son pobres aquellos que no tienen recursos económicos suficientes, son los que apoyan sus esperanzas en Dios y vivencian de manera inmediata su dependencia de Él. Contrariamente, son ricos aquellos que disponen de medios económicos abundantes. Estos confían a sus riquezas y se olvidan de Dios. Además, los ricos tienen la falsa sensación de autarquía, mientras son cautivos del mundo y siervos del miedo a la corrupción y a la muerte. Es por eso que los pobres son ensalzados por Cristo, como herederos del reino de Dios, mientras los ricos son deplorados (Lc. 6,20 y 24). En el cristianismo la riqueza espiritual desplaza en efecto, a los bienes materiales. Ninguna otra maldad fue tan criticada por Cristo, con tanta severidad, como el amor a la riqueza. Esta crítica no apunta tan sólo a la eliminación de la injusticia social y el restablecimiento de la justicia social, apunta principalmente a la liberación de la persona de la esclavitud del mundo y del dominio del maligno. La vida cristiana, como vida en libertad, exige la liberación del imperio de la riqueza, que subyuga a la persona y la somete a la tiranía del dinero. La posesión de riquezas materiales somete a cautiverio a la persona y obstaculiza su entrada al reino de Dios, tal como lo expresa Cristo en el último versículo de la lectura evangélica de hoy. Contrariamente, el deseo de la riqueza del reino de Dios conduce a la liberación de la carga, que significa la riqueza material, y al abandono de toda preocupación por el bienestar. En otras lecturas evangélicas, el hallazgo del reino de Dios se presenta como una fuerza que impulsa a la persona a desprenderse de sus riquezas para conquistarlo (Mt. 13,44-46). De esta manera la persona se libera del peso de la riqueza material, al mismo tiempo que puede utilizarla como medio para adquirir bienes espirituales. San Simeón el Nuevo Teólogo dice que la propiedad privada es un fenómeno producto de la avaricia. Todas las cosas, dice, son comunes para todas las personas, como la luz y el aire que respiramos. Los poseídos por su propia avaricia no son en realidad dueños de sus propiedades, sino siervos y guardianes de las mismas. Aunque ofrezcan una parte de lo que poseen o, incluso, todo lo que poseen a los necesitados, no podrían ser considerados por eso dignos de elogios; igualmente son deudores de arrepentimiento de por vida por todo lo que han retenido tanto tiempo, impidiendo su uso a sus hermanos. Los ricos que dan limosna no son por eso justificados ni dejan de ser responsables por las penurias y la desgracia de las personas que podrían haber ayudado y no lo hicieron. Dios perdona esta injusticia y promete recompensar a las personas que entregan sus bienes con agrado a sus hermanos necesitados. Lo hace para ayudarles a curarse de la enfermedad de la avaricia, para que dejen de apoyar sus esperanzas en sus posesiones, para que vuelvan a Él libres y para que sigan el camino de sus mandamientos. Para la doctrina cristiana, el ser humano es administrador, no dueño, de los bienes materiales que se encuentran a su disposición. De otro modo, el deseo y el mantenimiento de la riqueza producen en la persona problemas morales y espirituales. Este deseo no le permite a la persona progresar y fructificar en la fe y lo conduce a la muerte espiritual, como nos advierte hoy el evangelista Mateo. Es por ello que el creyente debe bastarse en lo indispensable para sus necesidades básicas. Todo lo que no es indispensable está por demás. Por su parte, Clemente de Alejandría escribe que “no es rico quien posee, sino quien da “y la dación revela al bienaventurado no la posesión”.