Domingo de Pentecostés

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En la lectura evangélica de hoy, el Señor nos asegura que, todos aquellos que crean en Él “ríos de agua viviente correrán…

…de sus entrañas”. Con esta expresión insinuaba de manera simbólica el advenimiento del Espíritu Santo. El gran momento de la realización de ese anuncio llegó cincuenta días después de Su Resurrección, mientras Sus discípulos “se encontraban reunidos todos juntos”, desciende el Espíritu Santo y “colma la casa donde estaban sentados”, y se posa “sobre cada uno de ellos” y “comenzaron a hablar lenguas extrañas”. Como consecuencia, todos los presentes se asombran y colmados de admiración acogen con alegría el mensaje y son bautizados y se suman en aquel día tres mil almas. Y aguardando con confianza la doctrina de los Apóstoles y con oraciones, con la comunión y la partición del pan, permanecen juntos y tienen todo en común. De este modo incomprensible y maravilloso, con el advenimiento del Espíritu Santo se forma y surge el Cuerpo Místico de Cristo, Su Iglesia, que le revelará a través de los siglos con Su carácter divino y humano. Pero después de la fundación de la Iglesia, el aumento de Sus miembros se realiza con la presencia constante del Espíritu Santo. La obra redentora del Señor, como un acontecimiento universal y abarcador de todos los seres humanos, es ofrecida objetivamente a todas las personas. Pero el Espíritu Santo elabora y convierte en un hecho subjetivo la salvación en cada uno en particular. De maneras indescifrables abre el camino de la salvación y la convierte en una conquista personal. Con el Espíritu se forma el Cristo. No reemplaza a Cristo, ni sirve como Su sustituto, sino que nos prepara y elabora en nosotros Su llegada y Su presencia permanente. Y de esta manera, dentro de la vida eclesiástica, se hace realidad el anuncio de que “nadie puede llamar Señor a Jesús sino en el Espíritu Santo” Con Su Ascensión a los Cielos, el Señor no deja huérfana a Su Iglesia, sino que “envía al Paráclitos para que se quede con ella por los siglos”. La Iglesia como un organismo divino y al mismo tiempo humano, en su elemento humano presenta muchas veces sus estigmas. Subyace la posibilidad de la debilidad y del error humano. Pero el Paráclitos, el Espíritu Santo que permanece siempre en la Iglesia, la “purifica de sus faltas y de toda mancha y la conduce a toda verdad. Porque, como cantamos en el Vespertino “Todo lo provee el Espíritu Santo, derrama profecías, perfecciona a los sacerdotes, enseñó a los analfabetos la sabiduría, convirtió a los pescadores en teólogos, sostiene toda la institución de la Iglesia”. El advenimiento del Espíritu Santo y Su permanencia constante en la Iglesia, crea, además, la vida carismática. Es quien reparte los carismas. Es el fuego que se divide en unidades de carismas. Conforme a Su voluntad inexplorable, reparte los carismas para la formación de los santos, en la tarea de la diaconía, para la construcción del Cuerpo de Cristo. Y ciertamente los agraciados no están sólo entre los primeros Cristianos, ni pertenecen sólo al pasado. Los hay en todas las épocas. La escasa profundidad de nuestra fe, nos impulsa generalmente a negar o a limitar al mínimo la presencia del Espíritu Santo. Pero Él cumple Su obra, como siempre, de Su modo paradójico. Porque el “espíritu corre por donde quiera, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y a donde va”. Cómo trabaja hoy y por medio de qué personas y acontecimientos se revela, pero además, qué prepara, es inaprensible e incomprensible, especialmente para nosotros que no disponemos de visión y de oído profético. El Espíritu Santo es principio activo, es proveedor de vida y tesoro de los bondadosos. Es el que a través de los Misterios de la Iglesia produce la santificación de sus miembros, les regala los diferentes carismas, los ilumina en el conocimiento de Dios y los conduce a la salvación. La gracia del Espíritu Santo invocamos en cada reunión litúrgica y cada vez que pronunciamos el Credo, confesamos nuestra fe “En el Espíritu Santo, Señor, vivificador, que procede del Padre, que junto con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado, que habló a través de los Profetas”. Así pues, consideramos como luz al Padre, luz al Hijo, luz al Espíritu Santo, la divinidad lucífera en tres Personas, a quien se debe toda gloria, poder, honor y una sola adoración, por los siglos de los siglos. Amén.