Domingo del Hijo Irredento

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El Evangelio de este domingo nos relata la parábola del hijo Irredento, esta es relatada únicamente por el evangelista Lucas…

…El Señor señala la felicidad de Dios ante el arrepentimiento de un pecador, equiparándola con la felicidad de un padre cuyo muy amado hijo pródigo vuelve al hogar. “Un hombre tenía dos hijos.” El hombre representa a Dios; el hijo menor representa a los pecadores y el mayor, a los escribas y fariseos quienes eran justos sólo en apariencia. El hijo menor, llegado a la mayoría de edad, frívolo e inexperto, solicita su parte de la herencia paterna. Según la ley de Moisés (Dt. 21:17) le correspondía un tercio de todo, en tanto que el hijo mayor debía recibir los dos tercios restantes. Poco después de recibir su parte el menor de los hijos quiso marcharse a un país lejano para vivir según su voluntad. Allí malgastó sus bienes llevando una vida licenciosa. Del mismo modo ocurre con el hombre que decidió regodearse en el pecado habiendo recibido de Dios los dones físicos y espirituales: rehúsa vivir conforme a la voluntad de Dios, se entrega a la iniquidad y a la disipación de sus fuerzas físicas y espirituales, dilapidando aquellos dones otorgados por Dios y sintiendo todo el peso de la ley Divina. “Sobrevino una gran hambruna.” Dios con frecuencia envía al pecador, enquistado en su vida pecaminosa, desgracias exteriores para forzarlo a recobrar la conciencia. Estas tribulaciones son a la vez un castigo Divino y un llamado al arrepentimiento. “Apacentar a los puercos” era la actividad más humillante para un judío pues su ley desprecia a los puercos por considerarlos animales impuros. De manera similar, cuando un pecador se complace en una determinada pasión a menudo se hunde en un estado de máxima humillación. “Bien hubiera querido llenar su estómago con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.” Las algarrobas son el fruto de un árbol que crece en Siria y el Asia Menor con las que se alimentaba a los puercos. Esto indica el desesperante estado en el que se encuentra el pecador. “Entonces, él volvió en sí” — frase extraordinariamente expresiva. Como un enfermo convaleciente de una grave enfermedad que recupera su memoria, así el pecador que, no ha tenido en cuenta la exigencia de la ley Divina pues su conciencia se hallaba oscurecida por el pecado, recobra su lucidez forzado por las tribulaciones, penosas consecuencias del pecado. El hijo pródigo despierta de su inconsciencia, advierte y comprende su miserable condición, y busca los medios para huir de ella. “Ahora mismo iré a la casa de mi padre” — decide abandonar el pecado y arrepentirse. “He pecado contra el cielo” es decir, el lugar sagrado en el que habita Dios rodeado de los espíritus puros e impecables. “Y contra ti, padre,” pues el hijo ha menospreciado al ser que más lo ama. “Ya no merezco ser llamado hijo tuyo,” expresión esta de gran humildad y reconocimiento de su indignidad, que siempre acompañan al sincero arrepentimiento del pecador. “Trátame como a uno de tus jornaleros” — oración que denota el profundo amor por la casa de su padre y su aceptación de las más difíciles condiciones con tal de ser recibido una vez mas en el hogar paterno. Todo esto es una indicación del infinito amor de Dios por el pecador arrepentido y aquel gozo que, según las palabras de Jesús, tiene lugar “en el cielo por un pecador que se convierte.” El anciano padre, al ver a su hijo regresar de tan lejos, sin saber nada de sus sentimientos, corre hacia él, lo abraza y lo besa sin darle la oportunidad de concluir su frase de arrepentimiento. El padre ordena que su hijo sea ataviado con las más finas vestimentas en lugar de sus harapos; luego ofrece un banquete para celebrar su regreso. Todos estos son rasgos antropomórficos que permiten explicar la manera en la que el Señor Dios recibe con amor y misericordia al pecador arrepentido, y lo colma generosamente con nuevos dones y bienes espirituales en reemplazo de aquellos malogrados a causa del pecado. “Estaba muerto y ha revivido” — el pecador alejado de Dios se asemeja a un muerto, pues ciertamente la vida de un hombre depende sólo de Dios, Fuente de vida. El retorno de un pecador a Dios es equivalente a la resurrección de entre los muertos. El hermano mayor, enojado con su padre por la misericordia dispensada a su hermano, es una vívida imagen de los escribas y fariseos, orgullosos de su exacto y riguroso cumplimiento formal de la ley, pero cuyas almas son frías e impiadosas hacia sus hermanos. Ellos, jactándose de su observancia de la voluntad Divina no estaban dispuestos a unirse a publicanos y pecadores arrepentidos. El hermano mayor “se enojó y no quiso entrar” al banquete; del mismo modo los fariseos, falsos cumplidores de la ley, se enojaron con Nuestro Señor Jesucristo por Su comunión con los pecadores arrepentidos. El hermano mayor, en lugar de mostrar condescendencia hacia su padre y hermano comienza por destacar sus propios méritos y rehusa reconocer a su hermano, nombrándolo con desprecio: “este hijo tuyo.” El padre replica: “Tu siempre estás en mi compania y todos mis bienes son tuyos” — indicación de que los fariseos, teniendo la ley en sus manos, en todo momento podían tener acceso a Dios y sus dones espirituales. Aun así ellos no fueron capaces de ganarse la benevolencia del Padre Celestial a causa de su distorsionada y cruel disposición moral y espiritual.