San Cirilo, Obispo de Jerusalem – Santos Trófimo y Eucarpo,

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Nuestro Padre entre los Santos Cirilo, Obispo de Jerusalem. Se ignora lo que San Cirilo hizo, antes de ser Obispo de Jerusalén, pero se sabe que Dios honró el principio de su Episcopado, con una maravilla, que causó admiración en todo el Imperio Romano. El día 7 de Mayo de 351 apareció en el aire una Cruz tan luminosa, que no podía oscurecerla ni el resplandor del Sol. Se extendía esta Cruz desde el Monte Calvario hasta el de los Olivos, distante uno del otro cerca de tres cuartos de legua y era del mismo ancho. Todos los que se encontraban en Jerusalén, cristianos y paganos fueron testigos de esta maravilla, que comenzó a las nueve de la mañana y duró muchas horas. Cirilo informó de este suceso al emperador Constancio, en una carta que aún se conserva. Se ignora lo que hizo San Cirilo desde esta aparición hasta el fin del año 357, en el cual fue depuesto por las intrigas y el odio de Acacio, Obispo de Cesarea, con quien estaba en entredicho, ya que pretendía que nuestro Santo usurpaba los derechos de la Metrópoli. Esta controversia aumentó por la diversidad de las opiniones, porque Acacio sostenía el arrianismo y San Cirilo seguía la doctrina de la Iglesia cristiana ortodoxa. Acacio era un hombre inquieto, citó muchas veces a San Cirilo para juzgarlo, pero el Obispo de Jerusalén no compareció, porque no reconocía a Acacio como su superior. Pero éste tenía gran crédito en la corte y estaba apoyado por los Grandes y Prelados que pensaban como él, hizo deponer a San Cirilo por haberse rehusado a comparecer y responder las acusaciones formuladas contra él. Una de estas acusaciones sostenía que Cirilo había vendido los tesoros de la Iglesia. Es verdad, que hallándose afligido el territorio de Jerusalén, acosado por el hambre, el pueblo acudió a San Cirilo, un padre bueno y generoso, para solicitarle ayuda, y como Cirilo no tenía dinero, vendió algunos vasos sagrados y telas preciosas. Cirio no hizo caso de su acusación por considerarla injusta y hecha contra las reglas, y apeló ante otro tribunal, remitiendo el acta de la apelación a los que lo habían depuesto. Habiendo juntado los Obispos un Concilio en Seleucia, en el mes de Septiembre del año 359, Cirio se presentó y pidió que se hiciese justicia. Nuestro Santo fue escuchado favorablemente y restablecido en la Silla de Jerusalén, y Acacio, depuesto. Pero al año siguiente, en 360, Acacio, que no había perdido su crédito, volvió otra vez en contra de San Cirio y logró deponerlo en un acuerdo en el que se hizo dueño por sus intrigas. El Santo Obispo murió en 386, después de 35 años de Episcopado. Santos Trófimo y Eucarpo, Mártires En el tiempo en que Diocleciano hacía revivir la persecución en Nicomedia, los cristianos eran arrojados a las cárceles, sometidos a interrogatorios y entregados a diversos géneros de suplicio. Si persistían en confesar a Jesucristo, eran llevados a la muerte. Entre los perseguidores se distinguían dos soldados bravucones, llamados Trófimo y Eucarpo. Eran enemigos jurados del nombre cristiano y arrojaban sin piedad a la prisión a cuantos se declaraban discípulos de Jesucristo. Como tenían poder sin límites, atormentaban a unos y soltaban a otros a su antojo. Un día que iban a la caza de nuevas víctimas, vieron que una luz descendía del cielo y los rodeaba. Al mismo tiempo escucharon una voz que decía: “¿A qué tanta prisa en amenazar a mis servidores? No os equivoquéis, nadie puede vencer a los que creen en mí. Os anuncio que el perseguidor que se ponga de su parte, ganará el reino de los cielos.” A estas palabras, los audaces enemigos de los cristianos cayeron casi sin sentido y no podían hacer otra cosa que repetir estas palabras: “Es verdaderamente grande el Dios que se nos ha aparecido y estamos dispuestos a convertirnos en sus servidores.” Se hizo oír otra voz entonces: “Levantaos, dijo, vuestros pecados os son perdonados.” Se levantaron y, en medio de la nube se les mostró un personaje vestido de blanco y rodeado por un cortejo numeroso. Entonces gritaron llenos de estupor: ¡Recíbenos, aunque hayamos pecado tanto! ¡Nos hemos portado como insensatos, ya que os combatíamos a vos y a vuestros servidores!” La nube se elevó por el aire. En seguida, los dos soldados convertidos soltaron a todos los cristianos que tenían prisioneros, los abrazaron como a hermanos y los invitaron a volver a sus casas. Cuando el prefecto supo estas noticias, montó en cólera, hizo comparecer ante su tribunal a Trófimo y Eucarpo, quienes relataron su visión. Entonces ordenó que los extendieran en el potro y que destrozaran sus cuerpos con garfios de hierro. En medio de sus tormentos los dos soldados rezaban. El prefecto ordenó que se preparara un gran fuego para quemarlos. Así consiguieron estos dos soldados la palma del martirio.