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ENCICLICA PASTORAL EN OCASIÓN DE LA CELEBRACION DE LA NATIVIDAD DE CRISTO 2013

† T A R A S I O S

POR LA MISERICORDIA DE DIOS ARZOBISPO METROPOLITANO DE LA SACRA ARQUIDIÓCESIS DE BUENOS AIRES,PRIMADO Y EXARCA DE SUDAMÉRICA, A TODA LA GREY DE NUESTRA JURISDICCIÓN: LA GRACIA..

LA MISERICORDIA Y LA PAZ DE CRISTO NACIDO EN BELÉN DE JUDEA POR LA SALVACION DEL MUNDO Y TODOS NOSOTROS

Queridos hijos e hijas en el Señor,
En todo este tiempo que ha precedido nos hemos preparado – materialmente y, espero, espiritualmente — para celebrar la Navidad. Así que nuestra presente reflexión se iniciará con una serie de interrogantes con un carácter muy íntimo y personal.
Seguro que todos en sus hogares han decorado con esmero árboles de Navidad y todo lo referente a esta fiesta, y bien han hecho. Sin embargo, recordamos qué festejamos? ¿Sabemos porqué lo festejamos?
Y hemos comprado nuevos árboles navideños y regalos de las tiendas y muchos alimentos, el tradicional pavo quizás y dulces para una suntuosa mesa festiva de Navidad. Nosotros también lo hemos hecho en nuestra casa. Pero a Cristo, lo hemos tenido en cuenta? Donde lo ubicamos en nuestras festividades?
Decimos que adoramos a Cristo como verdadero Dios y Salvador. Si creemos esto en palabra, ¿podemos realmente demostrarlo con acciones y actitudes en coherencia con esta fe? Es decir:

¿Tenemos una verdadera fe en la Santísima Trinidad?
¿Nos interesamos por lo que nos dicen las Escrituras?
¿Venimos a la Iglesia los Domingos y las fiestas mayores del Señor, de la Theotókos, y de los santos mártires?
¿Oramos con devoción a Dios en cada momento de nuestra vida, aún cuando no tenemos necesidades?
¿Nos confesamos y mantenemos una relación con total sinceridad con nuestro padre espiritual?
¿Cuidamos nuestro cuerpo y nuestros sentidos y especialmente nuestros ojos y nuestra lengua?
¿Realizamos en cuanto nuestras posibilidades la lucha espiritual utilizando como instrumentos el ayuno, las vigilias, la oración y la abstinencia?
¿Perdonamos a nuestros enemigos, familiares, amigos, prójimos que nos han hecho daño?
¿Luchamos en contra de nuestras pasiones, o las alimentamos de cualquier manera cada día?
¿Nos entristecemos por nuestros errores y por las faltas que cometemos a cada momento?
¿Examinamos todas las noches nuestra conciencia? ¿Está tranquila?
¿Proclamamos a Cristo y la Verdad del Evangelio? O tal vez nos avergonzamos de Aquel frente a ciertas situaciones?
¿Puede la voz de nuestra conciencia, la voz de nuestro corazón, responder con un claro “sí” a estas preguntas? Si nuestra respuesta es “sí, pero…” “sí y no”, “tal vez “, o “posiblemente”, estas son todas excusas y las excusas son el abogado del diablo!

La mejor – la única — Navidad es aquella Navidad que celebramos junto con Cristo. ¿Qué significa la Navidad después de todo? Vivir a Cristo ese día en nuestros corazones en nuestras familias y con nuestros hermanos. Encerrar a Cristo en nuestros corazones, a través de la sagrada comunión — la Eucaristía — dando gracias y cantando los himnos sagrados; es decir, que se conviertan nuestros corazones en cuna y pesebre de la vida eterna.

¿Qué quiere decir esto? Esto significa que con los latidos de sus propios corazones, igual como yo del mío, sintamos, percibamos y experimentemos los latidos del corazón divino-humano de Jesús el Salvador que nació como un niño, tal como nosotros; pero, acá no termina! Cristo el niño creció, fue crucificado y después resucitó, para que sientan también los pulsos espirituales de la eternidad, los pulsos de la inmortalidad, los pulsos del reino de Dios en ustedes. Y así, llegamos a ser “partícipes de la naturaleza divina” como nos dice el apóstol Pedro

En primer lugar debemos sentir, amados cristianos, que somos hombres en verdad. Hombres! creados a imagen y semejanza de Dios; hombres de carne y hueso, con cuerpo y materia, pero también hombres espirituales y celestiales; y con esto pues participamos de Dios; nos deificamos; llevamos espiritualmente al Niño Jesús en nuestro corazones, ahora glorificado juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, como Salvador del mundo, especialmente el día en que venimos a la iglesia y cuando recitamos el Credo – nuestro Credo—y recibimos la sagrada comunión.

Entonces imagínense, nos convertimos en cunas celestiales – sí, nosotros! — en cunas espirituales, en Belén intelectual! Dentro y fuera todo brilla! Se levanta en el cielo de nuestros corazones desde el Este espiritual el Sol Cristo. El que es incontenible por naturaleza, ¿cómo puede ser contenido en una matriz?” hemos cantado esa mañana, con las tres bellísimas kathismata de los maitines de Navidad. Sí, El que es incontenible por naturaleza ¿cómo es contenido en nuestros corazones, como una divina perla? ¿Hemos pensado alguna vez en eso? ¿Cómo se hace nuestro corazón el espacio para recibir al que es incontenible por naturaleza?

Y cuando veamos con los ojos de nuestras almas a Cristo en nuestros corazón, después de la Liturgia de Navidad y de la sagrada comunión, entonces ángeles y arcángeles estarán cantando triunfalmente en nosotros, en nuestro ser, en nuestra conciencia, en nuestra alma, en nuestro corazón: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad entre los hombres.”

No nos parezca esto extraño, no son sólo palabras, no son frases vanas, fábulas, utopía y quimera. Cuando les digo y les aseguro que nuestros corazones se convertirán en pesebre, en moradas espiritual sagrada, dentro de la cual se reclina Jesucristo a través de la sagrada comunión, es porque todo esto es nuestra fe, es nuestra verdadera fe, la fe que está viva, la fe que es genuina, la fe de nuestros padres, madres y antepasados — nuestra fe, que es la Ortodoxía — pues “por esa fe Cristo habita nuestros corazones”, nos asegura la boca del apóstol Pablo.

Lo más lamentable es que muchos celebrarán, o más bien pasarán la Navidad sin Cristo. Va a ser para ellos un día de fiesta común, quizás con un agradable desayuno en la cama, o tratando de resarcirse de la resaca de la Noche “Buena”. Sin embargo, cuando se despierten, todo a su alrededor y todo en su interior será desierto, vacío e indiferencia. Es el comienzo de vivir la experiencia del infierno, que es la ausencia de Dios. Ni las luces encendidas, ni la fiesta, ni el baile, ni el libertinaje, ni la embriaguez han de calmar el vacío en sus almas. Y esto es triste y trágico.

No celebramos Navidad sin Cristo! Les exhorto como vuestro padre espiritual y pastor! Así, no hay sentido! Así, es vacío! Así, es pobre! Así, es cualquier feriado … pero en verdad os digo, así NO es!

¿Quieren vivir verdaderamente la Navidad? ¿Y quién no quiere? Ante todo, debemos creer y amar al Señor nuestro Dios, con todo muestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con toda nuestra fuerza, y así también al prójimo! Debemos sobreponernos al pecado! Debemos sentirnos su Iglesia! Y para sentirnos su Iglesia, debemos poner esfuerzos de conocerla, o conocerla de nuevo! Los invito a que lo hagan. Si viven esta Navidad con Cristo, entonces todo lo que nos rodea y nuestro todo interior, celebrarán verdaderamente la fiesta.

Navidad sin Cristo no es Navidad; la Navidad la celebramos sólo con Cristo, porque Cristo salva! Aquel nos da la luz, la vida, la alegría, la felicidad, la paz y la tranquilidad del alma. Él da la verdadera Navidad. Con Él vivamos esta Navidad, Amén

CRISTO NACE, GLORIFIQUENLO!
ΧΡΙΣΤΟΣ ΓΕΝΝΑΤΑΙ, ΔΟΞΑΣΑΤΕ!

En la Sede Arquidiocesana, Navidad de 2013.

EL ARCHIPASTOR
Ferviente suplicante ante el Señor de todos vosotros,

Tarasios de Buenos Aires
Primado y Exarca de Sudamérica

DECLARACION PATRIARCAL SOBRE LA SANTA PASCUA 2012

Prot. No. 237.
BARTOLOME
POR LA MISERICORDIA DE DIOS
ARZOBISPO DE CONSTANTINOPLA‑NUEVA ROMA
Y PATRIARCA ECUMENICO
A TODO EL PLEROMA DE LA IGLESIA
LA GRACIA, LA PAZ Y LA MISERICORDIA
DEL SALVADOR CRISTO GLORIOSAMENTE RESUCITADO

Se convirtió en primogénito de los muertos
(Apolitikio resurreccional del III modo)

Hijos amados en Cristo,

Si la resurrección de Cristo se refiriera solamente a Él, su significado para nosotros sería nulo. Sin embargo Cristo no resucitó solo. Hizo resucitar conjuntamente con Él a todos los hombres. Proclama fervientemente enrelación al tema, de nuestros predecesores, el santo de la boca de oro:“Resucitó Cristo, y no quedó ningún muerto en el sepulcro. Habiendo, pues resucitado Cristo de los muertos, primicia se convirtió de los muertos”. Primicia, es decir, de la resurrección de todos muertos y de los que a partir de ahora mueran, y de su traslado desde la muerte hacia la vida.

El mensaje es alegre para todos, pues la resurrección de Cristo ha anulado el poder de la muerte. Los que creen en Él esperan la resurrección de los muertos y por esto son bautizados en su muerte; son, pues, conjuntamente con Él resucitados, y viven la vida eterna.

El mundo que se encuentra lejos de Cristo intenta acumular bienes materiales, pues apoya sobre éstos la esperanza de su vida. Cree temerariamente que a través de la riqueza ha de evitar la muerte. Y el hombre errático, para acumular riqueza, creyendo que alarga su vida, dispersa 2 muerte hacia los otros. Les quita a los otros la posibilidad económica de la supervivencia y, muchas veces, interrupe violentamente el curso de sus vidas, pensando y esperando que de esta manera ha de salvar su vida. Pero, ay de él! Su error es grande. La vida se gana solamente a través de
la fe en Cristo y a través de la incorporación en Él.

La experiencia de la Iglesia Ortodoxa asegura que aquellos que se unen con Cristo, viven después de la muerte, con‑viven con los vivos, co‑dialogan con ellos, los escuchan y muchas veces satisfacen milagrosamente sus peticiones.

No es más necesario la búsqueda del mitológico elixir de la inmortalidad: La inmortalidad existe en Cristo y se ofrece a través de Él a todos.

No es necesario que sean exterminados pueblos para que sobrevivan otros. Tampoco es necesario que se eliminen indefensas existencias humanas para que vivan de manera más confortable otras. Cristo ofrece a todos la vida terrena y celestial. Resucitó y todos los que desean pueden seguirlo en el camino de la resurrección. Contrariamente, quienes indirecta o indirectamente distribuyen muerte, creyendo que de esta manera han de alargar o han de hacer sus vidas más fáciles, se condenan a sí mismos a la muerte eterna.

Nuestro Señor resucitado Jesucristo vino al mundo a fin de que todos los hombres tengan vida y sobra de vida. Es un gran error si creemos que ha de sobrevenir el bienestar al género humano a través de los conflictos. Cristo resucita a los muertos y anula su muerte. Tiene la fuerza de la trascendencia de la muerte. El hecho de que venció la muerte confirma su repulsión hacia ésta. Cristo conduce hacia la vida y la otorga, si es que se ha interrumpido, pues Aquel es nuestra vida y nuestra resurrección. Por ello los fieles no tememos la muerte. Nuestra fuerza no se basa en la invulnerabilidad de nuestra existencia, sinó en su resurreccionalidad.
Cristo resucitó! Y nosotros hemos de resucitar! Sigamos, amados hermanos e hijos en el Señor, al Cristo que resucita, en todas sus obras. Ayudemos a aquellos que les faltan los medios de supervivencia a que se mantengan en la vida. Proclamemos a los que ignoran la resurrección de Cristo que a través de ésta fue anulada la muerte y que consecuentemente pueden también ellos participar en su resurrección, creyendo en Él y siguiendo sus huellas. Nuestra resurrección es posible solamente entonces, cuando se traduce en la resurrección de nuestros otros hermanos. Entonces solamente la proclamación victoriosa “Cristo resucitó” ha de activarse salvíficamente para toda la humanidad. Así sea.

Santa Pascua 2012
+ Bartolomé de Constantinopla
Ferviente suplicante de todos vosotros
Ante el Cristo resucitado

Encíclica del Patriarca para Navidad 2011

Prot. No. 1192
+ BARTOLOME
POR LA MISERICORDIA DE DIOS
ARZOBISPO DE CONSTANTINOPLA-NUEVA ROMA
Y PATRIARCA ECUMENICO
A TODO EL PLEROMA DE LA IGLESIA
LA GRACIA, LA PAZ Y LA MISERICORDIA
DE SALVADOR CRISTO NACIDO EN BELEN

Cristo nuevamente nace y los ángeles nuevamente cantan: “Gloria en las alturas a Dios y en la tierra paz, y en los hombres buena voluntad” (Lc. 2: 14-15)

Hermanos y amados hijos en el Señor,

Los ángeles cantan estas tres importantes declaraciones y la gran mayoría de los hombres, aunque festeje navidad, no puede comprender el sentido de este himno angélico y se pregunta si en realidad hoy es glorificado Dios por los hombres y porqué tiene que ser adorado, dónde puede encontrar en la tierra la paz anunciada y por cuál causa la humanidad debería vivir en buena voluntad.

Porque, en realidad, la mayoría de los hombres no glorifica a Dios ni con sus obras ni con sus labios, muchos, pues, de ellos dudan hasta de la misma existencia de Dios y de su presencia en sus vidas. Son muchos aquellos que le atribuyen a Dios responsabilidades por todas las cosas desagradables que suceden en sus vidas. Sin embargo, aquellos que desagradan de esta manera a Dios, se equivocan gravemente, pues el mal no proviene de Él. Contrariamente, la encarnación del Hijo y Logos por amor a los hombres y los consecuentes sucesos de su crucificción y resurrección, reconfiguran al fiel a la antigua belleza y le conceden la vida eterna y la paz que sobrepasa toda mente, y lo constituyen co-heredero del eterno reino de Dios. Esta acción de la condescendencia de Dios, aunque se revista de la última humildad, es capaz de glorificar al hombre. De esta manera, aunque muchos corazones de los hombres no glorifiquen a Dios, se le atribuye gloriaa Aquel que reside en las alturas, por toda creación, por los hombres que comprenden los sucesos. Por lo cual tambien nosotros gratamente cantamos con los ángeles “Gloria en las alturas a Dios” por la grandeza de sus obras y por lo indescifrable de su amor por nosotros.

La duda, sin embargo, se refiere también a la segunda declaración de los ángeles “y en la tierra paz”. ¿De qué manera se encuentra en la tierra paz, cuando más de la mitad del planeta se encuentra en acción o preparación bélica? La dulce declaración de los {ngeles “paz sobre la tierra” es, por supuesto, primariamente una promesa de Dios, de que si los hombres siguen el camino que les marca el Niño recien nacido, han de arribar a la paz interior y a la convivencia pacífica. Pero, hete aquí, gran parte de los hombres se emociona y es atraída por los sonidos de la guerra, y contrariamente, se descontenta en la escucha de la promesa de la vida pacífica. Por supuesto, no hablamos solamente de los conflictos celotas a través de las armas, sino de todos aquellos que convierten la gentil competencia en conflicto y ataque en contra de los prójimos y buscan la destrucción del contrincante. En este sentido, la guerra se vive como una realidad entre los miembros enfrentados de grupos sociales, étnicos, corporativos, sindicalistas, económicos, ideológicos, religiosos, atléticos, y de toda clase, mientras que la actitud de sus miembros se convierte en bélica, en vez de, como debiera, pacífica. Esto, de todas maneras, no descalifica la verdad de la declaracion de los ángeles, puesto que a través de la Natividad de Cristo y la recepción de sus enseñanzas ha de reinar verdaderamente la paz en la tierra. Cristo vino trayendo la paz y si ésta no domina en el mundo, son responsables los que no la reciben y los que no la viven, y no Dios que la ofrece.
Dada esta actitud del hombre moderno ante Dios y ante la paz que le es ofrecida, no es extraño el hecho de que es poco común entre los hombres la buena voluntad. La buena disponibilidad de Dios hacia los hombres es un hecho, y sus propicias consecuencias se activan en principio para todos los hombres, y especialmente se sienten por los hombres que reciben de buena gana las declaraciones angélicas. Contrariamente, para aquellos que las niegan pues se dedican a la explotación y a los conflictos, las consecuencias se viven como crisis de agonía y nerviosismo, como crisis económica y como crisis del sentido de la vida y consecuentemente duda existencial.

Hermanos e hijos amados en Cristo,

Todos los bienes declarados por los ángeles durante el nacimiento del Señor existen hoy y se viven en la plenitud por aquellos que creen en Jesucristo como el Teántropo y Salvador del mundo. Empecemos desde este año a vivir las Navidades como le complace al Dios que da los bienes, a fin de que vivamos sobre la tierra y dentro de nuestros corazones la inconmensurable paz y la buena voluntad, llena de amor, de Dios hacia nosotros. Constituyámonos en personas que comulgan amorosamente con Dios y con el prójimo, convirtiéndonos de individuos en personas. Dejemos de lado las máscaras del individuo que se ha aislado de Dios y de su imagen, del prójimo y del hermano, y cumplamos con nuestro destino, que es la semejanza con Dios a través de nuestra fe práctica hacia Él. Convirtámonos también nosotros en re-transmisores de las declaraciones angélicas hacia la humanidad, la cual gravemente sufre y no puede encontrar por los medios que ordinariamente utiliza, la paz y la buena voluntad. El único camino de liberación de las crisis bélicas, económicas y de toda naturaleza, es nuestro Señor Jesucristo, quien nos aseguró que Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Glorificamos, entonces, de todo corazón a Jesucristo, quien está en las alturas y el que desciende hasta nosotros y co-proclamamos con los ángeles que es posible y que existe verdaderamente en la tierra y en nuestros corazones la Paz, pues hemos co-habitado con Dios, pues a Él le complació encarnarse a través de su Natividad en un pesebre.
Vivamos, entonces, hermanos e hijos amados en el Señor, la alegría de la Natividad de Jesucristo, y el anticipo de todos los bienes para el hombre que proclama la declaración angélica. Así sea.

Fanar, Navidades 2011
+ Bartolomé de Constantinopla
ferviente intercesor ante Dios por todos vosotros

 

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Encíclica Pastoral de Monseñor Tarasios para Navidad 2011

Prot. No. 1768
 T A R A S I O S
ARZOBISPO METROPOLITANO DE BUENOS AIRES, PRIMADO DE SUDAMERICA,
EXARCA DEL PATRIARCADO ECUMENICO DE CONSTANTINOPLA
A TODO EL CLERO Y A TODA LA GREY DE LA SACRA ARQUIDIÓCESIS:

QUE LA GRACIA, LA MISERICORDIA Y EL AMOR DEL CRISTO NACIDO EN BELEN SEAN CON TODOS VOSOTROS.

La solemnidad de la Natividad del Señor nos llena de gozo y alienta nuestra esperanza. Dios se ha hecho hombre, de acuerdo a San Atanasio de Alejandría, para que nosotros los hombres podamos participar de la vida divina — ser dioses por Gracia — teniendo a Dios por uno de nosotros, oyendo su voz humana y contemplando en su rostro el misterio invisible del Dios Unitrino oculto durante los siglos y ahora revelado de una vez y para siempre.

El Logos Eterno del Padre se hace carne

En la liturgia vespertina, y en virtud de la sacra asincronicidad liturgica, contemplando al Niño nacido en Belén, adoramos el nacimiento del Mesías de Israel y Salvador de los hombres (Lc 2,11). En la humanidad débil del recién nacido, Dios revela su fuerza redentora, al presentarnos a los ojos de la fe el misterio del nacimiento en carne del Hijo de Dios, situado en el tiempo, bajo la paz del emperador Augusto. Aquel que era el Logos — la Palabra eterna del Padre que existía en el principio en Dios porque “estaba junto a Dios y era Dios” (Jn 1,1) — por medio de la cual “fueron hechas todas las cosas y sin ella nada se hizo de cuanto ha sido hecho” (v.3), siendo eterna se hizo temporal para revestir nuestra carne mortal y devolvernos a Dios por el sacrificio de su generosa entrega por nosotros.

Nacimiento y Cruz

Toda la historia del pueblo elegido mira hacia este nacimiento en Belén, porque toda la historia de nuestra salvación está orientada a la llegada del Mesías Redentor. Se cumple en su nacimiento la promesa hecha por Dios después del pecado de nuestros primeros padres. La victoria definitiva sobre el demonio llevará a Jesús a la cruz, pero para esto quiso hacerse carne nuestra y nacer de la Virgen María. Ante los temores de José sobre el embarazo de su esposa, el ángel que se le aparece en sueños, le dice: “Dar a luz un hijo y le pondr{s por nombre Jesús, porque él salvar{ a su pueblo de sus pecados”(Mt 1,21). La humanidad perdida vuelve a su condición primera. La finalidad de la encarnación de Cristo se identifica con un destino sellado: la resurrección y la gloria.

Nacimiento y liberación

Isaías hablaba de la restauración de Israel, pero sus palabras se referían en propiedad al nacimiento de Cristo: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión «Tu Dios es Rey»” (Is 52,7). Jerusalén será reconstruida y las piedras en ruinas de la ciudad santa serán restauradas y levantada de nuevo la ciudad. Esta ciudad reconstruida — la Nueva Jerusalén, la Alta Jerusalén – es nuestra humanidad redimida y salvada por el nacimiento de Cristo y por su misterio pascual. Tal es el motivo del gozo de la Navidad: llega el Señor y la humanidad es invitada a salir a su encuentro como en un nuevo éxodo camino de la salvación que nos llega con el nacimiento del Salvador.

El autor de la carta a los Hebreos nos recuerda que somos privilegiados de vivir en esta etapa final de la historia de nuestra redención, porque ahora Dios ha querido hablarnos por medio de su Hijo, quien, “habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de Su Majestad en la alturas” (Hb 1,3). Pablo nos dice que el recién nacido es la manifestación visible del ser de Dios: “reflejo de su gloria, impronta de su ser”(v.3). De esta manera dice que sólo aquel que es verdadero “Dios de Dios” podía rescatarnos del pecado, refiriéndose a Jesucristo como sumo Sacerdote de la Nueva Alianza.

Conocer a Jesús es conocer al Padre y conocer su voluntad. Estas enseñanzas evangélicas sobre el misterio de la Palabra hecha carne son el mensaje central de la Navidad: un mensaje de amor hasta el límite, el amor de Aquel que nació para darnos Su vida a cambio de nuestra muerte, para darnos a Dios, Quien “es Amor” (1 Jn. 4:8) para que seamos amor.

Saludo y exhortación final

Dios, al que “nadie lo ha visto jam{s” (Jn 1,18), nos ha sido revelado por su Unigénito Hijo hecho carne. Por él hemos conocido que siempre es Navidad, porque el amor de Dios es siempre actual y siempre se hace presente en la vida de cuantos se dejan amar por él. Jesús nos lo ha descubierto con su nacimiento de la Theotokos, custodiado por la fe, de la cual hemos recibido “gracia tras gracia” (Jn 1,18).

Amadísimos hijos e hijas en el Señor, Vivamos en la fe el misterio de la presencia de Cristo con su cuerpo, alma y divinidad, inseparable de su humanidad, en el misterio del amor que Él nos ha enseñado; seamos humildes y dóciles como Él, que siendo Dios por naturaleza y residiendo en la gloria eterna del Padre y del Espíritu se despoja – se vacía a sí mismo,(Fil. 2:7) — para poder asumir la bajeza de nuestra naturaleza. Navidad es el amor – el divino Éros — encarnado para nuestra liberación, perfección y glorificación; Navidad es perdón y remisión de pecados; Navidad es ser-con-el-otro tal cual como soy, pues Dios habita en mí y en todos, en todos nace: seamos su pesebre, seamos digna morada de Él.

Con estas reflexiones invoco sobre vosotros todos ricas las misericordias, el amor, el perdón y la remisión del Dios encarnado y les deseo paz interior, regocijo del alma, y todo don de lo alto.

CRISTO NACE, GLORIFÍQUENLO!

En la Sede Arquidiocesana, Navidades de 2011.

EL ARCHIPASTOR
Tarasios de Buenos Aires
Primado de Sudamérica Exarca del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla

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Encíclica de Monseñor Tarasios para Navidad 2010